Cristina Fernández, con distancia personal y centralidad política en directo

YEGUA, PERRA Y MONTONERA, una camiseta que dice. Son las cuatro de la tarde de este lunes feriado y en las afueras de Avellaneda, en la avenida Güemes, en las afueras inmediatas, con letras mayúsculas rojas sobre fondo negro, colgadas al hombro con dos tendederos en una cuerda de ferretería, 1500 pesos cada uno , una camiseta, el cuadrado corto y tembloroso de una camiseta, se puede leer (se puede escuchar) al comienzo del día, y de alguna manera la planta.


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En dos horas, Cristina Fernández de Kirchner estará a unos metros de donde este vendedor vende sus cosas, hablando con los delegados de la CTA, pero en realidad estará hablando con todos: el gobierno, la oposición, los medios, la sociedad argentina. . YEGUA, PUTA Y MONTONERA son las palabras que llenan el pecho de la camiseta. Es el insulto invertido, la granada que vuelve a la trinchera de donde salió y vuelve exactamente como vino, convirtiendo el fuego enemigo en fuego propio. Está al lado de otra camiseta, una con la cara de Eva Perón. Hay 208 días entre la muerte de Eva Duarte y el nacimiento de Cristina Fernández. El próximo 26 de julio será el 70 aniversario de la desaparición física de uno y el pasado 19 de febrero será el 69 aniversario de la aparición física del otro. Simetrías, continuidades. O no. Doscientos ocho días entre los dos es un hecho que podría significar algo o podría no significar nada. YEGUAS, PUTAS Y MONTONERAS. Cualquiera que quiera leer debe leer.

El cuerpo político de Eva Perón, su cuerpo físico, su cadáver. El cuerpo político de Cristina, su centralidad. Cuerpos de mujeres peronistas instruyendo la historia de este país se quiera o no. La experiencia de esta tarde será acercarnos lo máximo posible a Cristina Fernández. alcanzarlo No por su cuerpo simbólico, sino por ella. Estará aquí, producirá presencia material. Otras veces, sus ausencias y silencios eran también su cuerpo.

El galpón con techo a dos aguas donde se realiza el pleno de la Central de Trabajadores de Argentina tendrá una profundidad de 200 metros, ubicarlo. Por 50 de ancho. Filas de 15 sillas de plástico blancas, dejando un pasillo central que se llena de gente, más dos pasillos laterales que se llenan de gente. La declaración de la CTA alertó a 1.800 delegados. Hay más de 1.800 personas aquí. Visiblemente.



Estoy en el fondo de todos ellos, detrás del último. Tengo a Cristina Fernández 200 metros adelante, sentada en el centro de la mesa, ocupando el centro de las cosas. Sin embargo, es un punto en el espacio que no da alivio porque la distancia se llena de gente, con los brazos en alto, el móvil encendido y las muchas banderas. Sé que está allí porque escucho su voz por los parlantes y puedo verla en las diversas pantallas que la reproducen. Pero verla en pantalla no es verla, no hoy.

Los primeros veinte metros no son un problema. Mueves las sillas con facilidad, hay luz entre la gente, pasas. Lo tengo a 150 metros y entro a disculparme. Estoy en 120 y con la licencia no alcanza, hay que pelear. Perdon. Perdon. Perdon. Perdon. A ver. Por favor. Tengo 100 y no puedo ver. ¿A quién me estoy mudando? ¿Para eso? Ocupar el centro es, ante todo, producir la periferia. El volumen de la periferia es inversamente proporcional a la concentración del centro. Cuanto más concentrado es el núcleo, más amplio es su entorno.

Y en el corazón del futuro de Argentina está el espectáculo de la política. Consumimos política desenfrenadamente. Consumimos política todo el día, todos los días, maravillosamente, estúpidamente. Consumimos política amando y odiando lo que consumimos. Tal vez consumimos política por amor y por odiar. ¿Qué camino debo tomar cuando camino hacia Cristina Fernández de Kirchner? Por el centro mismo de la política nacional, por su núcleo constitutivo, por un núcleo del país. Está ubicada allí, esa mujer, desde hace muchos años, pero sobre todo desde la muerte de su marido, en octubre de 2010. Cómo se vive en la permanencia geométrica del punto, en la encrucijada exacta de la esquizofrenia argentina, en la encrucijada perpetua de los dos países, el país que te ama y el que te odia, vida vivida en el accidente de un cruce: ¿cómo?

Lo tengo a 80 metros y no podré dar un paso más. Solo veo espaldas, cuellos, espaldas de personas. Yo mismo soy la espalda de alguien, el cuello, la espalda a la última persona que podría pasar. La joya del sistema político que da montaje a nuestra democracia representativa está ahí, pero he llegado hasta aquí.



Me agacho un poco, me ciño, busco un ojo de cerradura para mirar, hago un pasaje entre un codo, un antebrazo, un Samsung con vidrios rotos y por unos segundos, los segundos que dura este pasaje, ahí está es o creo que es. No sé.

Cristina lleva unos veinte minutos hablando. Podría renunciar a este ejercicio de acercamiento, pero elijo la masificación. El peronismo es un asunto de masas que ha logrado establecer la diferencia entre bienestar y comodidad. En el caso de la seguridad social, juega el Estado. En el caso de la comodidad, no hay comodidad. No es tapicería, el ejercicio del peronismo. No proporciona esponjosidad. Todo esto es un defecto crítico y todos parecen estar disfrutándolo.

Pero de repente Cristina lo hace dos veces con la manita bajada y bajan todos los bracitos, y con los bracitos bajan los celulares. Y corren las banderas. Y el espacio se vacía. Dos veces con la mano así, lo hizo. Como diciendo: siéntate. Y todos se sentaron. Y ahora si. Ahora si.



Mostrar política

El primero gran cuñado, la parodia de la política que estableció Marcelo Tinelli para su programa, fue en el año 2001. La última, en 2016. Su pico de popularidad y tráfico lo alcanzó en 2009, cuando “Alica, tenazas” y Francisco de Narváez y lo hacen . En ese momento significó la consolidación de una idea: la política buscaba acercarse al espectáculo. Hoy, Milei y Maslatón son Wanda y la China Suárez sellando la política argentina como nuestro nuevo espectáculo de masas. El hilo que pusieron entre ambos tras no encontrarse en El Porvenir es la actualización de nuestro escandaloso entretenimiento mediático, semilla de diversión trágica y dramática; un triglicérido social que obstruye las arterias del debate y la conversación real, pero que nos mantiene consumiendo los capítulos de su futuro, uno tras otro, unidos y fascinados, frente a las pantallas dispersas de la televisión atomizada que son las redes y nuestros teléfonos.

La política se acercó al espectáculo hasta que la política se convirtió en espectáculo.

Por eso es más difícil atrapar esta tarde en Avellaneda. Porque vine a ver el show en vivo de la centralidad, y encontré la centralidad, no tu show, no tu puesta en escena. Para entretener, en todo caso, al peronismo. Pero eso sucede con más fuerza afuera, donde venden las camisetas que dicen cosas.

No importa si son brillantes o miserables, suelo guardar tuits de personas que firman sus capitulaciones con su nombre y apellido: nada más honesto que el tuit desesperado que se te escapa cuando llegas a la cima de la colina íntima de Tyrria. El 10 de diciembre de 2019, Alberto Fernández y Cristina Fernández asumieron como Presidente y Vicepresidenta de la Nación y previsiblemente llenaron la Plaza de Mayo de militancia festiva. Había mujeres de los barrios refrescándose el culo en la fuente, las polainas tenaces, los remeros haciendo bombas de vacío en sus panzas, niños en crocs que no eran crocs, y un grupo de cumbia nacido en Dock Sud llamado Sudor Marika. Era demasiado para un director. la Nación Magazine -tengo entendido que se llama Javier- quien escribió ese mismo día en su cuenta: “En el caso sorprendente de que un día superemos la brecha ética, siempre nos quedará la insalvable brecha estética”. Todos escribimos tonterías en nuestras redes, así que no hay razón para enamorarse de este pobre hombre. Sobre todo, porque el punto no es él ni lo que sintió ante el regreso del peronismo kirchnerista, que no iba a volver y de repente volvió y volvió sin votar. El punto es que proponer la grieta estética implica necrotizar la conversación pública, habilitar un cantón de pura ofuscación y desbloquear abiertamente un nuevo nivel de subjetividad lacerante. Y así empieza lo que acaba en el esplendor estampado de una camiseta que dice: YEGUA, PUTA Y MONTONERA.

El punto es que proponer la grieta estética implica necrotizar la conversación pública, habilitar un cantón de pura ofuscación y desbloquear abiertamente un nuevo nivel de subjetividad lacerante.

Dejo el plenario. Me llevo una Cristina hecha con 80 metros de distancia personal. ESTÁ BIEN. Afuera, frente a un escenario al aire libre instalado en la explanada norte de este Parque de la Estación, está la militancia no delegada, esperando que Cristina venga a hablar con ellos. Se canta como también se cantó desde dentro: Ole, olé / Olé, hola-a / cuánto tardan en entender / que no fue magia una mujer nos lleva.



Una negra del Virreinato del Río de la Plata que en vida llevaba empanadillas en la cabeza, de repente se reencarna en una joven en leggins y un canguro que carga un cúmulo tectónico de milanesas en equilibrio sobre su cabeza. Entra y sale el humo que sueltan los medios tanques que pasan. La falta de vino y la sobreoferta de cerveza son desalentadoras. El espectáculo del chorizo ​​crudo en una cuerda sigue ileso.

¿Cómo hubiera sido ir a una plaza de Eva? No sé, sé lo que es venir al pleno de Cristina. Puedo imaginar (o no sé si puedo, pero al menos ella no me cuestiona) lo que hacen con el torrente de amor militante que ambos han recibido en sus andanzas políticas. Me cuesta más imaginar, y por eso me da más curiosidad, saber cómo procesan las formidables toneladas de odio que, como sujetos de la escala histórica que son, lograron suscitar.

¿Cuál de los dos se hizo más odiado es lo mismo que preguntar cuál de los dos se hizo más odiado? Probablemente.

¿Qué es el “cáncer de larga vida” de Cristina? ¿Tiene uno?

Entro en la multitud. Avanzo, retorciéndose hacia adentro hasta que una valla blanca descolorida me detiene. Me quedé cerca del escenario, pero veo menos que antes. Esta gente está aquí desde las tres de la tarde. Y hay siete. Descubro que Cristina Fernández de Kirchner finalmente sube al escenario por el terremoto que me arrastra de un lado a otro. Capto un vistazo de ella en la compulsión de deslizarse. habla poco. Saluda rápido. Y ve.

Volvamos a las camisetas. YEGUA, PUTA Y MONTONERA también lo tiene en letras negras con fondo verde, pero no queda igual, no es lo mismo que la gloriosa combinación rojo y negro. Pruebo el precio. Si es el mismo que el comienzo del día, significa que ha vendido los que esperaba vender.

-1500, pág.

Vaya, de verdad.

Mañana, el iPhone de Cristina será un tema de gran resonancia, otro calambre más en la discusión en curso sobre su figura. Mañana la Corte Suprema rechazará argumentos en el juicio de obras públicas. Mañana, Cristina será la portada. Pasado mañana también. Es así. Pero hoy, aquí, ahora, un textil ha vivido la reactivación del consumo en el mercado interno. Vendió las camisas que quería y depositó el precio de la oferta. Vamos a salir.

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